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    La historia que nos humaniza

    La historia que nos humaniza

    Blade Runner (1982): Los llamados replicantes humanoides son creados por los humanos, mediante ingeniería genética, para realizar trabajos como súbditos o esclavos en otros planetas. Diseñados para imitar a los humanos en todo menos en las emociones, aunque con los años según sus creadores, podrían acumular experiencias y tener reacciones emocionales volviéndose peligrosos, por lo que se les crea con una fecha de caducidad. Esto ocurre con los Nexus-6 dotados de una apariencia humana y una fuerza e incluso inteligencia superior a la del hombre, que vuelven al planeta tierra para enfrentarse a sus creadores, en busca de respuestas sobre el origen y tiempos de su “existencia” y la exigencia, bajo amenza, de una nueva programación. A estos rebeldes hay que eliminarlos, “retirarlos”.

    En una investigación en marcha con el lema “Más humanos que el hombre”, a la pregunta que se plantean los creadores, “¿cómo podrían sentirse humanos?”, se les ocurre como solución, inventarles una historia: “Dado que no tienen experiencia emocional, se trataría de dotarles de un pasado que sirva de apoyo a sus emociones es decir, dotarlos de recuerdos”.

    Pensamos lo acertada y esclarecedora que es la idea de echar mano de una historia como recurso humanizador, pero, aún salvando la ficción, no se trataría de proveerles de cosas, como por ejemplo las fotos que colocan en sus mesillas, si no que el humanoide pudiera construir su propio álbum de fotos.

    Hablamos de otra historia. La historia que nos parió humanos, que nos precede, teje nuestra existencia y nos compromete con el devenir. Para ello nos parece ejemplar la novela de Luis Landero “El balcón en ivierno” (2014). El autor se sienta a dialogar con sus antepasados y sin proponérselo se encuentra inmerso en aquel mundo que es el suyo. Pasan ante sus ojos los personajes y escenarios que, al darles la palabra, van tejiendo un entramado hecho de conversaciones, desavenencias, escuchas, miedos, olvidos, aventuras, fantasías, agradecimientos, produciendo en el lector una curiosa sensación de respeto por atravesar el umbral de la puerta y escuchar algo más allá de lo anecdótico.

    No se trata de hacer una biografía con datos, fechas y acontecimientos religiosamente recogidos, sino de construir la historia que está dentro de uno, “las voces del ayer sonando por un momento en la memoria con la misma nitidez que las campanas del reloj y los chillidos de las golondrinas, pero estos lugares pertenecen ya a lo soñado más que a lo real, sólo me emocionan si cierro los ojos y los veo en el pasado, habitados por sus antiguos moradores.

    Una historia que al no ser implantada no puede ser arrebatada. Que no está condicionada ni al paso del tiempo ni a los rigurosos estudios de los historiadores, ni por supuesto a una presencia, “esa sensación de estar fuera del tiempo, no sólo existencial sino también histórico, agrava el sentimiento de extranjería que me asalta cuando regreso al pueblo. Definitivamente, sólo cuando vuelva a estar lejos podré recuperar y amar de nuevo esos lugares”

    Llevado por un anhelo de conocer más, el autor se lamenta “ah, lo que yo daría por tener una buena biografía de mi padre, y no digamos de la historia completa de lo hojalateros y su descendencia”, pero podemos decir que gracias a la falta de esa biografía ha podido construir esta historia.

    La transmisión es un efecto de este testimonio. Para los que vengan “no seremos ni siquiera fantasmas, quizá ni siquiera un nombre flotando a la deriva de los tiempos. Pienso entonces que acaso estas páginas puedan servir para que algún día los futuros descendientes de los hojalateros ambulantes puedan captar un destello, un eco, de las vidas anónimas de sus antecesores… Qué se yo”

    ¿Es acaso esta novela la historia de Luis Landero? Poco importa, pero si podemos decir que es la historia del escritor.

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